Durante varios años, la estación de tren Ranelagh estuvo rodeada de pastizales y yuyos imposibles de transitar, además de ser foco de incendios y basura. Un buen día, una vecina de esta localidad se calzó las botas, agarró la pala y empezó con la total transformación de ese lugar. Ella dio el puntapié que desencadenó en una serie de grandes acciones para el barrio y que se pueden apreciar hasta hoy: la puesta en valor de una zona desestimada, el cuidado de la naturaleza y la vinculación entre vecinos.

De Polonia a Argentina

Eva Hajduk nació en Polonia. Hija de terratenientes y dueños de una aldea llamada Tornczycki, se dedicaba tardes enteras en tareas de cuidado y mantenimiento de la naturaleza junto a su tía jardinera. A sus 16 años, Eva conoce a quien luego sería su esposo: Tadeo Hajduk. Llegan a Argentina para escapar de la terrible guerra que azotaba Europa, buscando un lugar donde empezar de cero y encontrar armonía para la familia. La hermana de Eva junto a su esposo Zbyszek le enviaban atractivas noticias sobre la manera de vivir de los latinoamericanos: “amplia libertad, cordiales y buenas relaciones personales que se establecían fácilmente, la calidez entre los familiares y amigos, el gran amor hacia los niños”. Se deciden por este país, y en 1948 llegan a Buenos Aires. Tadeo cuenta (en el libro que èl escribió, titulado “Eva Hajduk”) que el chofer de taxi que los llevaba a un hotel de Palermo “al enterarse que este matrimonio joven con dos pequeñitos rubiecitos acababa de llegar al país, nos llevó en una extensa gira por Plaza de Mayo, por la Avenida 9 de julio y el Parque Palermo y no quiso cobrar nada por ello. Ese gesto de bienvenida nos conmovió mucho”.

El señor Hajduk era Ingeniero Aeronáutico. Luego de mucho esfuerzo en buscar un ingreso económico había conseguido trabajo en el Taller Regional de la Fuerza Aérea de Quilmes. Se mudaron a esta localidad, precisamente a una pequeña casa que pertenecía a una familia alemana en el barrio de la Cervecería. Eva convirtió el parque trasero en un jardín habitable: en el sauce que allí había instaló una hamaca, armaron un arenero, plantaron muchas flores y hasta tenían un gallo como mascota.

La llegada a Ranelagh y los inicios del parque

La salud de uno de sus hijos los lleva a conocer otra comunidad en la que serían muy bien recibidos. Adán sufría asma alérgico. Un amigo del matrimonio les recomendó visitar Ranelagh que tenía “buen clima y aire más puro” que Quilmes, donde habían llegado en 1951. Eva se enamoró del estilo inglés al ver el Club de Golf y le pidió a Tadeo comprar un terreno ahí e instalarse. Se mudaron a la casa que construyeron y vivieron en esta localidad 25 años de su vida.

En 1952, los Hajduk construyen su vivienda en la calle 310 del 942 de Ranelagh. En ese entonces, la familia se había agrandado: estaban Eva, Tadeo y sus hijos Adán, Beatriz, Margot y Ana María. Los dos primeros asistieron a la Ranelagh Community School. En ese momento, Eva comenzó sus estudios en floricultura e ikebana (un arte japonès de arreglo floral) e hizo exposiciones de sus obras en el Golf Club de Ranelagh. El amor por la naturaleza como viva belleza la llevó a hacer una campaña de protección de árboles que crecían en las calles de Ranelagh. Organizó junto a un equipo de amigas y maestras de distintas escuelas, concursos con el lema “Ranelagh más lindo, con sus árboles sin podar”. Además, cada estudiante plantaba un árbol del que luego tendría que cuidar, regar y mantener. Así se generaba un lazo afectivo de pertenencia con la naturaleza.

Paulatinamente, Eva comenzó a visitar la zona de pastizales que rodeaba la estación y a poner manos a la obra: iba a limpiar malezas y plantar flores. También concurría a clases de parquización en la Universidad Nacional de La Plata, adquiriendo herramientas para hacer bosquejos y planes de la futura obra maestra que, tiempo después, se desplegaría en ese mismo rústico espacio. Su idea era más grande que sus manos, así que pidió colaboración a los vecinos para empezar con la profunda transformación del parque, que pasaba de ser un frecuente foco de incendios y basural a un espacio de belleza y reunión de la comunidad. Las primeras convocatorias vecinales se dieron en el Club de Paleta.

El parque, reflejo del compromiso vecinal

Así es que en los ‘50 se dio inicio al Parque de la Estación Ranelagh y una década después se había establecido la Sociedad “Amigos de la Estación Ranelagh”. El proyecto abarcaba los terrenos del Ferrocarril Roca entre ambos pasos a nivel. Las plantas, arbustos y árboles se  conseguían recorriendo los jardines de sus amigas, viveros de la zona y baldíos donde se solían arrojar plantas que sobraban. De la Municipalidad le facilitaban una topadora para sacar los arbustos de sobra. Recibió ayuda de vecinos como Horacio Marín que hacía el mantenimiento de las maquinarias; Daniel Torchiaro, quien era el Secretario de la Sociedad y Antonio Campitelli, el Jefe de la estación, que se encargaba de regar y cuidar las plantas. Entre todos, lograron conseguir que una persona se dedicara exclusivamente al cuidado del predio: un jardinero, el cual recibía el sueldo como empleado municipal. Evitaron, también, la explotación del lugar de forma comercial.

A mediados de los ‘60, una de las hijas de Eva, Beatriz, fallece a causa de un accidente automovilístico. Tadeo comenta en su libro que los amigos de Ranelagh les brindaron mucho cariño y apoyo. La empresa donde trabajaba Beatriz decidió hacer una contribución económica, que junto con el diseño de Tadeo y el amado parque de Eva se vio concretada: en una sección de este espacio natural se instaló una estructura con forma de átomo o planeta (como símbolo del micro o macro universo) y ese punto pasó a llamarse “Paseo Beatriz”. Allí, todos los vecinos, incluyendo la familia Hajduk, pudieron rendir homenaje a esta joven  que se fue repentina e inesperadamente, dejando una herida que demoró en cicatrizar.

La mudanza al sur, desarraigo y dolor

En diciembre del ‘77 la familia decide mudarse a Bariloche por una nueva oportunidad laboral para Tadeo: le ofrecieron ser Profesor Titular en el Instituto Balseiro. El sur de Argentina ya los había recibido múltiples veranos, donde tenían una cabaña construida por sus propias manos. Con esta decisión de cambio, los Amigos de la Estación de Ranelagh nombran a Eva como Presidenta Honoraria. Instalada en su nueva morada y tras un tiempo de adaptación, Eva continúa su trabajo: transforma el jardín y comienza el embellecimiento de una capilla abandonada, donde construyó una zona de rosales, tulipanes y arbustos de adorno.

Tal era la conexión que había con Ranelagh, que tanto Tadeo como Eva recibieron transfusiones de sangre de los amigos que les había dado esta localidad. Él había tenido que ser intervenido del corazón y Eva sufría un tumor maligno que la fue debilitando paulatinamente. En 1984, los Amigos de la Estación consiguieron una locomotora que ocupa hasta estos días un espacio de honor a la Presidenta Honoraria. Ella estuvo presente en los festejos y le transmite a Tadeo: “en Llao Llao vivimos en un paraíso terrenal, pero no tengo aquí, ni nunca tendré, el calor humano con el cual me rodeaban mis amigos de Ranelagh. Yo pertenezco a Ranelagh”. Ese año fallece.

A un año de la desaparición física de Eva, la Sociedad organiza una conmemoración y desde ese entonces, el parque lleva su nombre. Allì colocan una placa que sigue presente hoy, y que indica “Parque Eva Hajduk. En el primer aniversario de su desaparición, se da a este parque el nombre de quien fue su ferviente inspiradora y realizadora. Julio 4 de 1985”.

Actualmente, el espacio es mantenido con el esfuerzo de los vecinos que saben apreciar las tareas que realizó esta mujer, quien invirtió muchos días de su vida en crear, cuidar y construir lazos con la comunidad de Ranelagh.