Por Tomás Cardín*

En este artículo se recuperan argumentos de dos films: “Frankenstein” de James Whale y “M” de Fritz Lang -estrenados en 1931-, y en particular sus escenas finales (alerta spoiler, quedan avisados), para pensar qué es el linchamiento.

Pero antes…

…Esteban Rodríguez Alzueta, docente e investigador en la Universidad Nacional de Quilmes, nos dice que: “Los linchamientos son siempre más o menos anónimos, porque se trata de una multitud que se amontona para matar al prójimo”. Esta forma de actuar en un estado de emoción violenta nunca responde a la búsqueda de justicia, sino a una conversión de esta en venganza. El accionar muestra que todavía siguen sobreviviendo dispositivos de violencia como “el más fuerte sobre el más débil”, “la mayoría aplastando a la minoría” y el “todos contra uno”, lo que lleva a que todo derecho quede suspendido, invalidado, y que no importe comprobar quién hizo qué cosa. Lo que se genera es más terror, mayor cantidad de malentendidos y que se tomen medidas extremistas y espectacularizadas.

Un pensador clásico de estas cuestiones es Michel Foucault, quien afirmaba que los linchamientos no son formas de exponer y señalar para lograr expulsar un castigado, sino que es un acto extremo, colectivo, que refleja la brutalidad de una sociedad que proyecta todas sus miserias en un chivo expiatorio, por ser incapaces de autoevaluarse y de reflexionar sobre sus propias responsabilidades u obligaciones.

El amado y odiado Frankie

El doctor Frankenstein, un científico aristócrata de renombre, juega a ser dios y con su asistente Fritz profanan tumbas, hurtan cuerpos y roban un cerebro, que supuestamente había pertenecido a un criminal, para crear un ser viviente…y lo logra. Crean un “humano” con partes de otros muertos, pero termina viéndolo como un monstruo porque no sabe medir sus actos ni su fuerza. Decide mantenerlo encerrado y castigarlo físicamente cada vez que intenta hacer algún movimiento. La criatura termina escapándose luego de matar a Fritz, y al llegar al pueblo conoce por casualidad a una niña que lo invita a jugar en el agua pero termina asesinándola sin intención, pensando que al tirarla al lago ella flotaría.

Con todo esto, Whale reflexiona sobre lo peligroso y cínico que puede ser autodefinirse justiciero. Con la llegada del padre al pueblo y su hija muerta en brazos -diciendo que la habían asesinado, sin tener pruebas del hecho-, el “intendente” manda a tres hombres a buscar y matar al denominado monstruo. Las preguntas que abre el film a partir de ahí son: ¿Por qué no juzgan con la misma severidad a Frankenstein haber creado semejante peligro caminante? ¿Lo juzgamos nosotros como espectadores, o sólo nos indigna el asesinato de la menor?

Es así como Frankenstein, un hombre imprudente, cobarde y maltratador, al ser incapaz de asumir su culpa o de destruir al monstruo con sus propias manos, se apoya y justifica en la impulsividad, sádica, del resto de los ciudadanos. Los lugareños quieren tomar venganza en una escena teatral: con perros rabiosos, antorchas y atacando multitudinaria y cobardemente a la criatura, a la que finalmente prenden fuego, sin conmoverse un segundo por sus gritos de desesperación.

“M”: la sanguinolencia de los verdugos enceguecidos

En un barrio de Alemania, durante la República de Weimar, un asesino de niños acecha. Su nombre es Hans Beckert. Este hombre padece de una psicosis que lo lleva a cometer crímenes atroces. Pasada la mitad del film, uno de los ciudadanos, que no casualmente es ciego, lo descubre y lo marca con una “M” (de “morder”: asesino en alemán) en su saco, para que todos lo identifiquen. Es así que un grupo de civiles, algunos miembros de organizaciones delictivas, deciden secuestrarlo, enjuiciarlo y condenarlo ilegalmente.

Durante la escena del juicio, Lang construye una de las más grandes críticas a la idea de “justicia por mano propia” jamás filmadas. Los ciudadanos que asumen el rol de jueces, todos víctimas de las miserias provocadas por el gobierno de Weimar, como el hambre, la desocupación o el hostigamiento policial, y algunos de ellos criminales, ponen en funcionamiento un mecanismo tan violento como los que ellos sufren cotidianamente.

Un detalle muy importante de la escena es que Beckert confiesa ser el asesino. Pero ¿Cómo tomar la confesión de un hombre psicótico, que además actúa bajo la presión de las miradas lapidarias de todos los concurrentes? El abogado que le asignan a Beckert afirma que el Estado es quien debe obrar para que ese hombre se vuelva inofensivo. Frente al pedido, los allí presentes retrucan con aplastarlo, que no se le reconozca derecho alguno, y que no se le permita tener un juicio justo. En esta escena, el director nos recuerda que por más escabroso que resulte el caso, este debe ser resuelto mediante el debido proceso, respetando la presunción de inocencia y garantizando el Estado de derecho. Tal y como ocurre en la última escena de esta película.

¡Abramos el debate!

Me resulta importante que este tipo de obras puedan ser puestas en contexto, y pensar cuáles son las preguntas que sugieren. Volviendo a nuestro presente, debemos reflexionar sobre cómo los medios de comunicación hablan y muestran este gran tema instalado y frecuente, como es el linchamiento. El periodismo televisivo -claramente- no es ficción, pero en varias oportunidades reivindica de manera irresponsable esta forma grotesca de castigo, y así avala métodos anticonstitucionales de “justicia por mano(s) propia(s)”.

Es urgente que pensemos todos sobre cuáles son los chivos expiatorios en los que la sociedad viene descargando su lado más oscuro por medio de linchamientos concluidos o tentativos. Es crucial develar qué hay detrás de estas manifestaciones violentas, comprender cómo funcionan: a quién se elige como castigado, y repensar los prejuicios y miedos que se proyectan en ese acto.

También nos debemos otra discusión, más profunda, sobre la crisis de valores y de representación política que atravesamos como sociedad. Pero ante todo debemos repudiar estos actos de crueldad que atentan contra los derechos humanos y que recaen siempre sobre los grupos más vulnerables.

*Licenciado en Comunicación Social. Cinéfilo y melómano por igual.